Cada 2 de abril conmemoramos la gesta de Malvinas. Y hacerlo es más que un mero ejercicio de memoria formal. Es un acto que nos interpela como sociedad, por lo que significó para quienes combatieron, por los 649 héroes que dejaron su vida y por las generaciones que deben comprender qué ocurrió y qué nos dejó aquella guerra.
Pero Malvinas no empieza en la guerra. Empieza antes. Empieza en historias como la del piloto Ramón Galván, que a los 23 años voló hacia el sur sin saber si volvería, con una hija recién nacida a la que aún no conocía. Empieza en vocaciones, en sueños, en jóvenes que encontraron en la guerra un destino que no eligieron en esos términos, pero que asumieron con compromiso y sentido del deber. Esa dimensión humana es la que muchas veces queda relegada cuando la historia se analiza sólo en términos estratégicos o políticos.
Argentina perdió la guerra. Eso es un hecho. Pero perder una guerra no implica necesariamente no haber obtenido ningún resultado. Y para comprenderlo, conviene repasar brevemente dos posibles interpretaciones sobre lo ocurrido.
¿Un error estratégico?
Una primera interpretación podría remitir a un error de cálculo estratégico. La historia muestra una desconexión entre estrategia y táctica. Una estrategia débil o mal planteada difícilmente pueda ser compensada, por más valentía o capacidad que exista en el plano táctico, porque allí donde la estrategia se equivoca la táctica no alcanza para corregirla.
Aquí aparece una distinción importante, no es lo mismo voluntad que voluntarismo. La voluntad es el impulso necesario que moviliza la acción, pero sólo resulta verdaderamente eficaz cuando está orientada por un objetivo claro y por una estrategia bien definida. El voluntarismo, en cambio, consiste en actuar guiado más por el deseo que por la preparación y el cálculo. La analogía puede expresarse en la figura de un francotirador, donde la estrategia vendría a ser la mira, la táctica son el arma y el tipo de munición elegidos para alcanzar el objetivo, y la voluntad es el pulso firme junto con el entrenamiento que sostienen el disparo. Si se apunta con los ojos vendados, todo queda librado al azar. Si la mira está descalibrada, el disparo podrá salir con decisión, aunque difícilmente dará en el blanco. Y si el arma o la munición no son las adecuadas, la ejecución también fallará. Acertar exige una mira bien ajustada, un arma correcta, la munición apropiada y un tirador preparado. En otras palabras, hace falta un objetivo claro, una estrategia sólida, tácticas adecuadas y una logística respaldada por entrenamiento real. La pregunta, entonces, surge sola, conociendo todo esto, ¿cómo piensa el lector que fuimos a la guerra?
En Malvinas, la entrega de los combatientes fue incuestionable. Hubo heroísmo, compromiso y coraje. Por eso mismo, para comprender el desenlace no corresponde poner la mirada sobre quienes cumplieron su deber en el frente, sino sobre la conducción, la planificación y la estrategia general con que se encaró el conflicto. Allí reside uno de los puntos centrales para entender por qué el valor demostrado en el campo de batalla no pudo traducirse en otro resultado.
La segunda interpretación plantea que el objetivo pudo haber sido otro. En 1982, el gobierno de facto atravesaba un profundo desgaste, con un creciente vacío de poder y una sociedad que reclamaba el retorno a la democracia. En ese contexto, la recuperación de las islas podía funcionar como un intento de reconfigurar legitimidad, movilizar el sentimiento nacional y ganar apoyo social. Si ese era el objetivo, entonces la guerra fue un error estratégico y una decisión profundamente irresponsable, porque implicaba asumir un conflicto de alta probabilidad de derrota.
El resultado es conocido. Mucho se ha dicho, mucho se ha escrito. Hoy, incluso, en los actos institucionales, se entona el Himno a Malvinas como forma de mantener viva la memoria. Ese gesto es valioso. Mantiene encendido el recuerdo, honra a quienes combatieron y reafirma un sentimiento legítimo de pertenencia. Pero no debería quedar solamente en la emoción, nos deja una responsabilidad. Cada argentino, desde el lugar que le toque, tiene el desafío de transformar esa memoria en construcción. Un país que crece, que se organiza, que se fortalece en valores y que se hace respetar en el mundo, es un país con más capacidad para sostener sus reclamos por vías pacíficas y legítimas.
Y hay una dimensión aún más profunda, Malvinas también dejó un resultado que no puede ignorarse, aceleró el final del régimen militar y abrió el camino hacia el retorno de la Democracia. Debemos ser conscientes de que la Democracia que hoy tenemos fue, en buena medida, pagada con la guerra de Malvinas. Comprenderlo permite valorar todavía más la gesta y la entrega de quienes combatieron.
Así, los héroes caídos no habrán dado su vida en vano y los veteranos podrán ver que la sociedad honra su sacrificio cuidando, fortaleciendo y dignificando la democracia que el país recuperó tras aquella tragedia.
Un nuevo rumbo
En ese sentido, el camino hacia el legítimo reclamo por Malvinas no puede volver a transitar la vía de la fuerza. El mundo atraviesa hoy un escenario marcado por conflictos que sólo dejan como saldo destrucción, crueldad y muerte.
Recordar Malvinas cada 2 de abril debe estar alejado de alimentar la expectativa de un futuro intento por la vía militar en mejores condiciones; por lo contrario, debe reafirmar una convicción más profunda, que el único camino posible es el de la construcción paciente, diplomática y altruista. Un país que crece, que se ordena, que se fortalece en valores, que es justo, serio y respetado en el concierto internacional, tiene más posibilidades de hacer valer sus derechos. Se trata de ganarnos ese respeto, así como ya lo hemos logrado en el ámbito del futbol, también en el plano institucional. El verdadero desafío es construir un país que invite, que convoque, que genere pertenencia, incluso para quienes hoy habitan las islas. Ese es el camino y ese es el deber. Y comienza, necesariamente, por consolidar una democracia de verdad, que sea ejemplo ante el mundo.
Por eso, el 2 de abril debe ser siempre un día de recuerdo y también de compromiso real. Si algo les debemos a los caídos y a los veteranos es construir una democracia a la altura de su sacrificio, una democracia real, con instituciones fuertes, valores firmes, participación y responsabilidad ciudadana. Y si logramos consolidar un país serio, respetado, justo y plenamente democrático, no debería cabernos duda de que estaremos mucho más cerca de recuperar Malvinas por el camino que verdaderamente ennoblece a una nación: el de la legitimidad, el prestigio y la razón histórica.
Malvinas se honra con memoria y construyendo el país que todavía debemos ser.
* Héctor Iván Rodríguez es Ingeniero industrial, Máster en comunicaciones sociales y doctor en Estadística

