Mientras en muchos municipios del Valle de Lerma la discusión pasa por si alcanza para el cordón cuneta, el alumbrado o apenas para sostener los servicios básicos, en Rosario de Lerma la apuesta es hacer ruido, mover gente y poner a la ciudad en el centro de la escena regional. A días de una nueva edición de «Rosario le canta a la Patria», el tradicional festival patriótico que ya lleva casi dos décadas realizándose en vísperas del 25 de Mayo, el debate explotó en redes sociales. ¿Está bien cobrar entrada en medio de la crisis? ¿Es prioridad un festival cuando el país atraviesa un momento económico delicado? ¿O justamente en tiempos difíciles la cultura y el movimiento económico que generan estos eventos son necesarios?
El intendente Sergio Ramos fue directo: esta vez habrá una entrada módica de 10 mil pesos. La explicación oficial es sencilla: la cartelera cuesta y el municipio no puede absorber todo el gasto. Pero detrás de esa decisión hay mucho más que números. Hay una forma de entender la política y también una forma de construir identidad. Porque Rosario de Lerma no juega el mismo partido que otros municipios del Valle de Lerma. Mientras en El Carril este año ni siquiera habrá Carrileñazo, aunque allí el problema no sería económico sino el escándalo interno de la agrupación gaucha y las cuentas que todavía generan polémica por cifras cercanas a los $100 millones, en Rosario la lógica parece inversa: si no hay festival, el problema político sería aún mayor.
Porque Rosario de Lerma es, históricamente, una ciudad festivalera. Y eso no es relato. Lo demuestran los corsos multitudinarios, el desentierro y entierro del carnaval, las actividades permanentes en el Centro de Convenciones y, sobre todo, el desfile patrio del 25 de Mayo, donde llegan a participar más de 8 mil personas entre instituciones, escuelas, fortines y agrupaciones. No sólo rosarinos: también llegan delegaciones de Chicoana, Campo Quijano, Cerrillos y La Merced.
En el fondo, el debate también deja al descubierto dos modelos distintos de gestión municipal. Hay pueblos de 10 mil habitantes donde la prioridad pasa por la obra pública básica y donde hacer un festival sería visto casi como una extravagancia. Rosario de Lerma, en cambio, con más de 35 mil habitantes y una actividad comercial mucho más intensa, apuesta hace años a sostener una agenda cultural permanente que genera circulación de dinero, turismo interno y consumo. Y ahí aparece la otra discusión: la famosa «microeconomía» que tanto mencionan desde el municipio. Porque cada festival mueve remiseros, vendedores ambulantes, gastronomía, kioscos y hasta alquileres temporarios. Ramos lo sabe. Y también sabe algo más importante: cada evento vuelve a poner a Rosario de Lerma en boca de todos.
Quizás por eso, y en medio de la crisis, el jefe comunal eligió avanzar aún con críticas y el clásico fuego cruzado de Facebook. «No es solo administrar; es transformar la realidad estructural del municipio», lanzó Ramos al defender una gestión que intenta mostrar obras, actividad cultural y un Centro de Convenciones abierto a toda la región. Un mensaje donde el intendente busca instalar la idea de igualdad de oportunidades y acceso a infraestructura «de primer nivel» para los vecinos. Y aunque muchos cuestionen el gasto o la prioridad, hay una verdad incómoda que en el Valle de lema pocos se animan a discutir: cuando Rosario de Lerma hace algo, el resto termina hablando de Rosario de Lerma. Eso también es poder político. Y Ramos parece entenderlo mejor que nadie.

