ESPECTACULO

Viaje al corazón del reportero gráfico que acompañó a Maradona durante más de veinte años: "Las fotos hablan por nosotros"

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Sabíamos los motivos pero ahora se los preguntamos frente al grabador, para que sepa que cuando conteste la explicación dejará de pertenecerle: ¿Por qué recién ahora, cinco años después de la partida de Diego Armando Maradona, al reportero gráfico Jorge Alberto Luengo (29/8/1964) compañero de andanzas periodísticas -y amigo incondicional y para siempre- de quien escribe) se le empieza a conocer públicamente la voz?

-Porque nosotros hablamos a través de las fotos, como vos hablás a través de lo que escribís, ¿no, Leo? -responde/preguntando, en confianza, y tan puntual y preciso como las imágenes que viene tomando casi «desde que tengo memoria» y hoy lo convierten en protagonista de una historia que pocos conocen y finalmente se anima a desandar a pura emoción y valentía, como ha transitado cada segundo de sus 61 años:

Diego Maradona elegante, sosteniendo un perfume y dos relojes. Jorge Luengo, enfocándolo desde su cámara, que también es parte de su cuerpo. Una sociedad amistosa que no mediatizaron.

-Una historia -decimos- que a la vez te llevó del frenesí a los tiempos de soledad del Diez, ¿verdad?

-Tal cual. Compartí veinte años directo de vida a su lado, desde 1995 a 2014, siempre con su venia, con su autorización. Un privilegio. Y si salgo ahora a hablar es para dar a conocer aquellos proyectos que nos aunaron y nos prometimos algún día sacar a la luz. Uno de ellos es Diego, un documento impreso que recorre el día de su partido homenaje en la cancha de Boca, allá por 2000, cuando me pidió que lo acompañe a él y a su familia, entre al campo de juego y registre toda la intimidad de aquel partido especial. «Esto merece un libro», nos dijimos un cuarto de siglo atrás. Y bueno, el libro llegó un cuarto de siglo después -extiende su blanca e inconfundible sonrisa: un sello que ha trascendido su humanidad tanto en los buenos como en lo no tan buenos momentos.

La última semana, en la Sala Julio Cortázar de la 50ta. Feria del Libro, durante la presentación de Diego, un volumen de lujo y para atesorar que Luengo dio a conocer en compañía de Javier Vilamitjan, Fernando Signorini (ambos preparadores físicos de Maradona) y del mejor relator hispano de la historia, Víctor Hugo Morales. «Esta publicación es un sueño que comparto con un amigo al que no dejo de extrañar y seguro me acompaña desde el cielo», lo dedicó Jorge al Diez.

-Y con el libro llegan los recuerdos, ¿cierto?

-Muchos y muy sentidos recuerdos.

-¿Entonces finalmente, además de admirar sus fotos, ¿escucharemos la voz del fotógrafo que acompañó a Diego en su última etapa como futbolista y sus comienzos como técnico?

-Claro que sí -arrancará Luengo a contar, en primera persona, párrafo a párrafo -como también la cuenta desde el libro-, su historia con y sin Maradona.

Durante uno de los tantos veranos en Punta del Este, cuando Luengo trabajaba para GENTE. «Diego se la pasaba pidiéndome mis anteojos para lposar y nunca me los devolvía», memora el tucumano en tono celebratorio.

“Nací y crecí en Tucumán. Mi papá (Ángel: Lito) era albañil y mi mamá (Julia del Valle: Lita) trabajaba en casas de familia. En una de ellas le daban la revista GENTE y la traía a casa. Fue mi contacto inicial con la fotografía. A los 13 me regalaron mi primera cámara de fotos. Todavía recuerdo la sensación cuando la tuve en mis manos: se me puso la piel de gallina. Ese año empezaba la secundaria y, como todo pibe futbolero, ya era fanático de Maradona. Recuerdo que me agarró un bajón terrible cuando me enteré de que César Luis Menotti, el director técnico de la selección de 1978, lo había dejado afuera de la lista de los que iban a jugar el Mundial. Después de ganar el campeonato, el Flaco inició un nuevo proceso: formar un juvenil para competir en el Mundial que se haría al año siguiente en Japón, donde Diego sería la estrella. Lo cierto fue que a fines del ’78 esa selección se disponía a debutar en la cancha de San Martín de Tucumán enfrentando al Cosmos de Nueva York, donde se lucíam el alemán Franz Beckenbauer -a quien años más tarde le saqué fotos durante el retiro de Lothar Matthäus, otro jugador germano amigo de Maradona– y muchas figuras internacionales de la época”.

En la celebración del cumpleaños 41 del futbolista..

«Con mis amigos no lo dudamos: había que ir a la cancha a ver a Diego. No importaba que no tuviéramos plata ni para el colectivo, y menos para comprar la entrada. Debíamos estar ahí. Así que caminamos cuarenta cuadras hasta el estadio y nos fuimos colando de a uno, con una técnica ya aprendida. Yo me quedé cerca del alambrado porque tenía la idea de meterme. Era la época de los militares y dentro de la cancha, rodeando todo el campo de juego, estaban los policías con sus perros. Si alguien intentaba colarse, los soltaban. Cuando terminó el partido empecé a mirar al policía que aparecía más cerca, a unos diez o quince metros. Una vez que se dio vuelta, me mandé: corrí a toda velocidad hasta donde estaba Maradona y logré ponerle una mano en el hombro. Lo miré fijo: el Diego tenía como una aureola divina en su cabeza, que en realidad era el vapor que salía de su pelo mojado. Fueron solo unos segundos antes de que me sacaran, pero aquella fascinación quedó impresa en mi memoria”.

Luengo de chico junto a dos de sus tres hermanos (Gladys y Sandra -falta Julio-), en Tucumán, donde nació y se crió antes de venir a probar suerte en Buenos Aires, a 1.257 kilómetros de distancia.

“Luego pasaron los años y apareció la idea de viajar a Buenos Aires para buscar un futuro mejor. Mi abuelo (Perico), que era plomero, usaba una libreta en donde iba anotando todo lo que ocurría. El día que partí apuntó: “Jorgito se va a Buenos Aires a probar suerte”. Entre sus páginas había una foto de Fidel Castro. Me la mostró y preguntó si sabía quién era. Yo conocía lo mínimo, que era el presidente de Cuba. Entonces me aclaró que se trataba más que de un presidente: ‘Es alguien que lucha por la gente’. Muchos años después, cuando estuve en la isla acompañando a Diego en su recuperación, conocí en persona a Fidel, lo tuve enfrente y lo pude abrazar. ‘¿Quién es él?’, le consultó curioso al Diez refiriéndose a mí: ‘Un compañero de la primaria’, contestó veloz él mientras yo me tentaba detrás de la Nikon».

Jorge emplacable detrás de su lente: entre las guardias periodísticas y las producciones, un todo terreno en la materia.

“Ya en Buenos Aires andaba con mi Pentax K1000 para todos lados. Eran años complicados, de crisis económica, y había conseguido trabajo en un supermercado del barrio de Belgrano. Pero el sueldo no me alcanzaba para pagar el alquiler. Cierto día un compañero me contó que vivía en una villa, en Ciudad Oculta, donde había casas baratas. Así fue como me mudé a una que no tenía baño, agua, ni nada. Ciudad Oculta marcó mi historia y tuvo mucho que ver con lo que vino después: por ejemplo, mi primer trabajo para una revista famosa, la misma que mamá traía de las casas donde trabajaba cuando yo era chico, y conocer a Maradona. Apenas Diego se enteró de que yo vivía en la villa a pesar de ser fotógrafo de GENTE, no dudó en ayudarme: él sabía de qué se trataba porque también había estado ahí o en una parecida, Fiorito. Su generosidad, esa mano tendida en nuestro primer encuentro, se transformó en un puente que nos unió para siempre”.

En una peluquería cubana luego de que Diego se tiñera de rubio.

«Hacia mediados de los Noventa ya venía haciendo algunos trabajos para GENTE a partir de un caso en la villa que cobró fuerza pública. Fue medio de casualidad: a una vecina le habían robado el bebé recién nacido en el hospital. La mujer que lo hizo se suicidó cuando la descubrieron. El hecho estalló en la prensa y todos los medios fueron a la villa a buscar imágenes de la parturienta y su hijo. Como yo estaba con mi cámara a unas cuadras y conocía a todos pude lograr unas fotos buenísimas. Ahí se dio la conexión con GENTE: vieron por Crónica TV que dentro de la casa de la víctima había un muchacho de pelo largo sacando fotos. Era yo, y me mandaron a buscar. Tener la posibilidad de hacer fotos para una revista, que me las pagaran y poder vivir de eso, fue como tocar el cielo con las manos, cumplir un sueño. A partir de ahí, cada vez que recibía un pedido hacía hasta lo imposible para conseguir la imagen solicitada, más allá de lo difícil que fuera”.

«Diego Maradona fue muy generoso. Así como me ayudó a mí ayudó a muchos otros. Incluso a jugadores que ya estaban sin trabajo o pasaban por alguna enfermedad. Él siempre-siempre estaba atento a lo que necesitaran”.

“En el verano de 1995 me mandaron a Punta del Este para enfocarme en Maradona, que planeaba una temporada de descanso después de que le “cortaran las piernas” en el Mundial Estados Unidos 1994. Éramos varios fotorreporteros sin darle tregua en caravana mientras disparábamos ininterrumpidamente con nuestras cámaras. En uno de esos seguimientos Diego clavó los frenos, se bajó del auto y se plantó frente al grupo de fotógrafos, pero dirigiéndose a mí al hablar. “Indio, cortala con esto, ¿querés que nos agarremos a piñas?”, me encaró. Yo le pedí disculpas y le confesé que lo quería mucho y que lo último que pretendía era hacerlo enojar. Me dijo que si quería una foto lo fuera a buscar más tarde en el boliche Coyote, de José Ignacio. Confié y dejé de seguirlo. Esa noche cumplió su palabra. Le volví a pedir disculpas por el seguimiento y por hacerlo enojar y le conté que yo estaba viviendo en Ciudad Oculta, era la primera vez que tenía un buen trabajo y quería progresar para poder salir de la villa. Ahí hubo un click. Fue cuando se paró, me abrazó y me dijo: “Te pido disculpas yo a vos. A partir de ahora, Indio, hacéme todas las fotos que quieras”.

En el camarín de un estudio televisivo, antes de que el Diez fuera entrevistado.

“Así nació una relación hermosa de hermandad y de compañerismo. Diego Maradona me abrió las puertas de su casa y me acercó a su familia, al tiempo que iba creciendo un vínculo de amistad. Estuve con él cuando sufrió el infarto en Punta del Este y cuidé a sus hijas en ese momento terrible; lo acompañé durante su tratamiento en Cuba; viajé a Francia, a Alemania, a Sudáfrica, A Dubai y a cada lugar que fue. Estuve a su lado en el mencionado partido despedida. Como a él le gustaba comer y a mi cocinar, cuando andaba por afuera del país le hacía milanesas, puchero, pescados y asados. Le saqué muchas fotos, muchísimas. Debo tener más de mil. Pero me llevo en el alma las que conservo juntos y la preferida de Diego: una que le saqué cuando duerme en una hamaca y su mamá, la Tota, lo besa en la frente”.

El fin de año que pasaron juntos en Dubai.

“La idea de la despedida surgió tras la participación de Maradona en la del alemán Lothar Matthäus, que se había hecho en mayo de 2000, en el Estadio Olímpico de Munich, Alemania. En esa oportunidad, la selección local jugó un amistoso contra el Bayern Munich. La «10» de este equipo fue utilizada por Diego, que entró al estadio con la cinta de capitán. La ovación fue de otro nivel, se robó aquel partido ajeno. El público gritaba y ovacionaba cada jugada suya. Él venía de su internación en Cuba, todavía andaba muy frágil, pero necesitaba el dinero. Se encontraba mal anímica y económicamente: había pasado muchos años sin trabajar. Fueron tiempos difíciles. Por eso aceptó esa participación. Pero al ver la euforia del público empezó a gestarse la idea de hacer su propia despedida. En realidad, Maradona lo había dejado bien claro: sería un homenaje y no una despedida, porque él nunca se iba a ir del mundo del fútbol».

Algunas de las decenas de fotos que transitan Diego (Editorial Octubre), el libro que acaba de presentar Luengo y recorre -a lo largo de impactantes 128 páginas- el partido homenaje a Maradona del 10 de noviembre de 2001 en el Estadio Alberto J. Armando de La Boca. Por aquel histórico día -hubo más de 50 mil espectadores- pasaron desde Pelé, el Pibe Valderrama, Román Riquelme, Hristo Stoichkov, el Ratón Ayala y José Pekerman y la Selección de Bielsa, a todos los afectos del Diez. Los Ratones Paranoicos le dedicaron el tema Para siempre y la pelota no se manchó. «Estaba tan emocionado que aquel día temí por su salud», cuenta Jorge, el único fotógrafo autorizado a cubrir la jornada pegado al crack.

“Y finalmente llegó la emoción de aquella gran jornada, que Maradona vivió con muchísima intensidad. Yo fui el único reportero gráfico autorizado para estar en el campo de juego, por eso tengo fotos únicas. Temí que su corazón no resistiera: se encontraba quebrado por la emoción. Aún recuerdo el momento en que entró al vestuario, abrazó a sus hijas y los tres se quedaron llorando un rato que pareció eterno. Frente a una Bombonera repleta declaró: ‘Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha’, en un discurso cargado de amor y dramatismo. Cuando volvíamos al hotel con Guillermo Coppola, lo cargábamos: ‘Qué frase que metiste, te la tenías guardada’. Y ahí nos comentó que no había pensado qué decir y que hasta él mismo estaba sorprendido por la ocurrencia… Este libro que me permite revivir tantas situaciones inolvidables a su lado, rescata las mejores imágenes de la jornada: Diego en el vestuario, Diego con sus hijas, Diego saludando a la hinchada, Diego gambeteando, Diego besando la camiseta de la selección y poniéndose la de Román. Diego intentando contener el llanto, Diego agradeciéndole al fútbol. La foto en la que se lo ve a Maradona de espalda, frente a La 12, y a todos los hinchas colgados para saludarlo es una de las que todavía más me conmueve. Lloraba de emoción”.

En el exclusivo barrio privado The Palm Jumeirah, de Dubai, donde vivió con Maradona y el agua de mar ingresaba hasta las viviendas.

«De la misma manera que odiaba que le aconsejara ‘cuidate, Diego’, alguna vez me previno: ‘Indio, si yo me enteró de que alguna vez te acercaste a las drogas, no te saludo más’. Nunca lo vi drogarse. El tema le avergonzaba, por eso era muy cuidadoso. Nuestra relación no sólo era cercana, sino bastante frontal. Yo viajé a Dubai con la intención de verlo campeón y poder cerrar así, a través de fotos y videos, casi dos décadas de imágenes a su lado. Instalado allá, con el tiempo ya parecíamos un matrimonio. Cierto día, volviendo de entrenar al Al-Wasl, me pidió: ‘Ando antojado de comer un buen pollo al horno con papas. ¿Te animás a pedir acá en el hotel que me preparen uno?’ ‘Claro, Diego’. Bajé a la cocina y medio con señas y algunas palabras en inglés, encargué el plato. Incluso abriendo un horno y haciendo la mímica de que tanto el ‘chicken’ como las ‘potatoes’ debían prepararse adentro. Más tarde volvimos a la habitación y ahí, sobre la mesa encontramos la famosa tapa de acero inoxidable que suele cubrir los platos encargados al room service. Enloquecido levantó la tapa y apareció el pollo al horno pero con papas fritas. Armó un escándalo. ‘Papas fritas nooooooo’. ‘La concha de tu madre. ¡Cómo van a traer el pollo al horno con papas fritas!’, se enojó… pero no tanto como yo, que me levanté y me le planté: ‘Mirá, mi vieja significa para mí lo que siempre significó la Tota para vos. Así que no te permito lo que dijiste’. Di media vuelta y me fui enojado a mi cuarto. Con la chinche me quedé dormido. Por la mañana sentí que me tocaban el pie, una vez, otra vez. ‘Eh, Diego, ¿qué pasó?’, le pregunté entre dormido y preocupado. ‘¿Puedo tomar un café con mi amigo?’, me mandó con cara culposo. ‘Obvio que sí, pero vos me despertás porque no sabés cómo hacerlo, ¿no?’, le contesté, y entre risas nos abrazamos amigándonos.

Luengo con parte de su familia (incluyendo a Teo, el mimado nieto de dos años) tras el lanzamiento de su primer libro. «… Y se viene otro inédito y sorprendente sobre Diego, aparte de un documental», anticipa sin revelar detalles.

 “La noticia de su muerte resultó, para mí, un baldazo de agua fría. Algo que no esperaba que pasara jamás. Su partida fue un mazazo que me entristeció infinitamente. Pude hablar por teléfono con él en el último tiempo pero no tanto como hubiera querido: Diego ya estaba muy aislado por su entorno. Por eso también me dejó una pena muy grande y un sentimiento de impotencia, la sensación de que podría haber hecho algo para que las cosas no terminaran así. ‘¿Por qué no pateé tantas puertas como fuera necesario hasta llegar a él?’, me sigo preguntando. Sin embargo, apenas me invade este sentimiento me esfuerzo para recordarlo de otra manera, porque fueron muchos los momentos felices que nos regaló a cada uno de lo argentinos. Es que cuando lo veo las imágenes que le tomé, tan vivo y pasional, siento que la alegría se sobrepone a la tristeza, y que finalmente su sonrisa lo termina iluminando todo”.

«Cuando un día le mostré en Arabia todo el material fotográfico y de videos que tenía para armar algo lindos juntos, a Diego le encantó. ‘Hagamos una cosa, Indio: yo te voy a firmar una autorización, pero quiero que vos te encargues del tema, porque el artista sos vos’. Jamás voy a olvidar cómo me sentí. Lo abracé, me puse a llorar. El pibe aquel que había saltado un alambrado para tocar a su ídolo, al gran artista del fútbol, recibía del mismo, décadas después, el halago de ser considerado un ‘artista’ y la responsabilidad del destino de sus imágenes. ¿Sabés que se me pone la piel de gallina de solo recordarlo?», no logra evitar las lágrimas Jorge Alberto Luengo, el Indio -apodo que también le legó el Diez-, al despedirse de la revista GENTE, otro de sus amores.
DIEGO MARADONA

Fotos: Gentileza Jorge Luengo, RS y Leo Ibáñez
Agradecemos a Jorge Gabriel Luengo y a Editorial Octubre