“Sé que si me está mirando desde arriba andará muy contento de ver que sus proyectos siguen vivos y que cada vez más gente puede acercarse a la naturaleza gracias a él”, especula Marcelo Canevari hijo sobre Marcelo Canevari padre. “Y pensar que de chico no me gustaba tener el mismo nombre. Hasta que con el tiempo lo empecé a pensar como algo que nos conecta de alguna forma”, agrega con un dejo de nostalgia el mismo hijo sobre el mismo padre.
-Pero no es la único que los conecta, ¿verdad?
-Es cierto, nos conecta mucho más que el nombre -sonríe sin tentarse a mirar de reojo el libro que completó con sus propias manos y acaba de lanzar como obra póstuma de su progenitor, uno de los grandes ilustradores y naturalista de la historia argentina, quien falleció el 7 de junio de 2023, a los 75 años, sin poder darle fin a Veo veo en la playa: entre la arena y el mar.
“LA MAYORÍA DE LOS LIBROS QUE PUBLICÓ MI PADRE LOS ILUSTRÓ DOS VECES”


“Nací en Buenos Aires en 1984 y no tengo una formación académica formal”, desanda los extremos de su existencia el anteúltimo hijo de Marcelo Canevari y la bióloga Mónica Dibbern, y hermano de Inés (47, trabajadora social), Victoria (44, psicóloga) y Miguel (39, músico). “Me formé como ilustrador científico en casa, fui desarrollando mi trabajo de pintor y sigo en una etapa de búsqueda”, deja abiertos los puntos suspensivos, antes de volver el tiempo atrás para hablar precisamente de su padre.
-¿Qué relación guardaba él con la naturaleza?
-Era casi un lenguaje propio. Podía reconocer especies, entender comportamientos y leer el entorno de una forma muy natural. Me acuerdo de un viaje a Misiones: íbamos de noche, en camioneta, y vio una serpiente de cascabel en el camino. Frenó y bajó enseguida para intentar fotografiarla. En un momento se apagó la luz del vehículo y quedó completamente a oscuras frente a la víbora. Nosotros, desde la caja, lo llamábamos desesperados. Fueron unos minutos larguísimos, pero el tipo volvió sano y salvo, como si nada… En mi caso, la relación es más simbólica. Trabajo mucho con la naturaleza, pero como escenario de algo humano, más ambiguo.
-¿Qué siente le debe el conservacionismo nacional a su padre?
-Fue uno de los primeros naturalistas del país en entender no solo la importancia de la conservación, sino también la de la divulgación. Creo que a él y a otros naturalistas que ya no están -como Mauricio Rumboll, Francisco Erize, Pablo Canevari y Juan Carlos Chebez, entre otros- les debemos en gran parte haber acercado la naturaleza argentina a la gente y ayudado a que se la mire de otra manera.


–¿Cómo era puertas adentro?
-Muy curioso, siempre estaba leyendo algo nuevo. Le interesaba transmitirnos su amor por la naturaleza, así que viajábamos bastante por el país. Nos enseñaba a mirar y a conectar con los lugares, a mantenernos más atentos.
-¿Qué lo maravillaba a usted cuando lo veía trabajar?
-La pasión y la precisión. Cómo podía observar durante mucho tiempo algo aparentemente simple y después traducirlo con una claridad impresionante. Tenía una paciencia muy profunda. Me impresionaba en especial la intensidad con la que empezaba cada proyecto.
-¿Cuál era su secreto mejor guardado?
-La mayoría de sus libros los ilustró dos veces. Empezaba a dibujarlos, pero cuando los terminaba sentía que podía resolverlos mejor, así que volvía a empezar y rehacía todo con la experiencia que había adquirido en el proceso. ¡Increíble!
“EL DIBUJO NO BUSCA CAPTURAR EXACTAMENTE LO QUE HAY, SINO TRADUCIRLO”


“Terminar el nuevo volumen de la serie Veo veo (Galería Editorial) es una forma de cerrar algo y al mismo tiempo de mantenerlo vivo. Se trata de un gesto familiar para acompañar lo que mi papá dejó encaminado, y también mi manera de acercar al público su forma de mirar y su pasión por la naturaleza, ya que el flamante ejemplar de esta serie propone un recorrido por la flora y la fauna de la costa bonaerense a través de ilustraciones y textos accesibles para grandes y chicos. Me atrevo a decir que la propuesta de Veo veo puede ser una forma nueva de mirar la playa”, apuesta Marcelito (como muchos lo llaman).
-¿Cuál fue tu tarea específica?
-La base es de mi padre; mi trabajo resultó más de edición y de completar lo que faltaba con el mayor respeto posible. Se trató de un trabajo delicado en el que hubo que revisar su archivo, releer mails y tratar de encontrar su voz para que el libro se acerque lo más posible a su visión.


-¿Qué siente que su padre le legó además de su amor por la pintura?
-La forma de mirar. La paciencia. La conexión con la naturaleza desde otro lugar: yo no tengo su conocimiento, pero siento que me transmitió algo de esa sensibilidad para conectar con el entorno. Y también una idea de que el trabajo tiene que sostenerse en el tiempo, no en lo inmediato.
-Cuando usted dibuja, ¿piensa en cómo lo haría él?
-Sí, pienso mucho en mi papá cuando armo los bocetos y en algunos momentos de la pintura. Me imagino qué me diría, qué corregiría. De alguna forma, la pintura sigue siendo un espacio en el que dialogo con él.


-¿Qué tiene el dibujo que le falta a la fotografía?
-Interpretación. El dibujo no busca capturar exactamente lo que hay, sino traducirlo. Hay una decisión en cada línea.
-¿Cuál era el gran orgullo de tu padre?
-Creo que transmitir; que su trabajo sirviera para que otros observen más la naturaleza, se detengan un poco y la vean de otra manera.
-¿En qué se han parecido y siempre se parecerán, desde lo bueno y lo malo?
-Desde lo bueno, en la dedicación y la constancia. Desde lo malo, probablemente en el desorden.

-¿Está preparado para afrontar solo lo que se viene?
-Preparado no sé, pero estoy en eso. Tenemos planes de reeditar el Veo veo de Buenos Aires. Además, mi papá estaba trabajando en un Veo veo de la selva misionera, y me gustaría en algún momento poder completarlo, que ese trabajo también llegue a ver la luz.
-¿Qué cree que le diría si, de repente, se le apareciera y usted le pidiera un consejo?
-“Seguí pintando y confiando, hijo”.
Fotos: Gentileza de M.C.
Agradecemos a H.I.
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