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Qué frases que utilizan los padres afectan más a los hijos según la psicología

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La comunicación entre padres e hijos constituye la base sobre la cual se edifica la autoestima y la seguridad emocional durante la infancia y la adolescencia. Según diversas corrientes de la psicología infantil y juvenil, existen ciertas estructuras verbales que, aunque a menudo se pronuncian de forma impulsiva o bajo situaciones de estrés, pueden dejar huellas profundas en la Salud y el desarrollo de la personalidad.

Frases que invalidan los sentimientos, comparaciones constantes con terceros o etiquetas negativas actúan como mensajes internos que el niño procesa como verdades absolutas. La comunicación asertiva implica escuchar activamente y ofrecer palabras de aliento que refuercen la autonomía, evitando el uso del miedo o la culpa como herramientas de control. Al final del día, las frases que los padres eligen son las herramientas con las que los hijos construyen su diálogo interno.

CUALES SON LAS FRASES DE PADRES A HIJOS QUE MÁS IMPACTO TIENEN SEGÚN LA PSICOLOGÍA

De acuerdo con las investigaciones del psicólogo infantil Sam Wass, expresiones cotidianas como «no llores» o “no tengas miedo” pueden resultar contraproducentes para el desarrollo emocional de los niños. Al intentar anular un sentimiento mediante una orden externa, los padres envían un mensaje implícito de que la experiencia interna del hijo no es válida ni real. Esta desconexión entre lo que el niño siente (enojo, tristeza o temor) y lo que se le permite expresar genera una profunda sensación de soledad y confusión, llevando al menor a desconfiar de sus propias percepciones y debilitando su autoestima a largo plazo.

La psicología moderna propone un cambio de enfoque: en lugar de buscar que el niño deje de expresar su malestar de inmediato, el adulto debe actuar como un espejo que valide la emoción. Utilizar frases que identifiquen el sentimiento, como «veo que esto te dio mucha tristeza», permite que el pequeño ponga nombre a lo que le sucede sin sentirse juzgado.

Este ejercicio de reconocimiento no intensifica el conflicto, sino que ofrece un marco de referencia seguro para que el niño aprenda a identificar sus estados internos. Al legitimar sus reacciones, se le brindan las herramientas necesarias para que, en el futuro, sea capaz de gestionar sus propias emociones de manera autónoma y saludable.