Alejada de los escándalos mediáticos y con una imagen construida desde el trabajo constante, Carina Zampini logró convertirse en una figura familiar para los argentinos. Mientras disfruta de su regreso a la pantalla con la nueva temporada de La Peña de Morfi por Telefe, posa para el lente de GENTE con esa combinación que la volvió una de las figuras más queridas por el público: sonrisa que contagia, mirada serena y una energía que atraviesa la cámara.
Aunque ahora tiene una agenda a contrareloj, por la producción del programa dominical, la diaria en La Novela por Luzu TV y las grabaciones de Viudas negras: p*tas y chorras para TNT, no tiene prisa y se toma el tiempo para cada compromiso. «Soy una persona que trabaja mucho en estar presente«, dice atenta a cada detalle de la jornada.
Entretanto, suelta una confesión insólita que sorprende a todos en el estudio: «Nunca elegí un perfil para posar», admite, dejando clara su espontaneidad y seguridad cuando los flashes se disparan. Lo cierto es que con un look casual chic, entre charla y charla con el equipo, la actriz y conductora habla de este momento profesional que la encuentra reinventándose una vez más, pero también de una etapa profundamente transformadora a nivel personal.

A los 50 años asegura que ya no siente la necesidad de cumplir con mandatos ajenos. Habla de la soledad como un espacio elegido, de la importancia de estar bien consigo misma y de cómo, con el paso del tiempo, cambió su manera de vincularse con el amor. “No siento que necesite encontrar una pareja”, confiesa, lejos de cualquier dramatismo y con la serenidad de quien aprendió a disfrutar de su propia compañía.
Además, habla del intenso “shipeo” que protagoniza en redes sociales y de cómo la exposición pública modificó muchas de las decisiones que tomó a lo largo de su vida. “He sido muy cuidadosa”, remarca, mientras abre su corazón para conocer más de esa mujer auténtica, reflexiva y conectada con el presente que eligió ser.
“A los 50 ponés la mirada en otros lugares”
Su carrera comenzó en las ficciones de los años noventa, donde rápidamente logró destacarse por su naturalidad frente a cámara y su capacidad para interpretar personajes intensos y cercanos. Con el paso del tiempo se consolidó como una figura central de las telenovelas gracias a éxitos como Dulce amor, Padre Coraje y Por siempre mujercitas.
Producciones que la acercaron a un público masivo y la transformaron en una de las protagonistas más reconocidas de la pantalla chica, con un estilo cálido y auténtico que le permitió atravesar distintas generaciones de espectadores, manteniéndose vigente tanto en la actuación como en la conducción. En los últimos años encontró una nueva etapa de popularidad al frente de programas de entretenimiento y cocina, donde mostró una faceta mucho más espontánea.

Y en esta nueva etapa volvió a la televisión con un formato que conoce muy bien y que siente profundamente cercano. Más de una década después de su paso por Morfi junto a Gerardo Rozín, reconoce que aquella experiencia la transformó y que hoy llega a La Peña desde otro lugar, con muchos recuerdos, más experiencia y otra mirada sobre la vida.
-¿Qué cambió de aquella Carina de Morfi a la que vuelve hoy a La Peña?
-Todo cambió. Mi comienzo en Morfi fue la primera experiencia como conductora: tenía total desconocimiento de ese rol. Aprendí muchísimo de la mano de Gerardo. Era un productor maravilloso y un conductor con toda la experiencia. Si uno estaba atento tenía todo para aprender. Hoy, después de una década, sigo aprendiendo porque uno nunca es el mismo. Cuando tenés 40 mirás determinadas cosas y cuando tenés 50 ponés la mirada en otros lugares.
-¿Qué sentiste cuando te llamaron para volver?
-Me puse súper contenta. Lo primero que pensé fue en que La Peña es uno de los programas más hermosos que tiene la televisión. Se trata de un programa que transmite bienestar. La música es sanadora, la comida tiene que ver con el amor, la conversación con el otro, el humor, todo eso hace bien. La Peña está relacionado con los sentidos y eso es lo que más nos define como seres humanos.

-¿Cómo fue trabajar en aquel entonces con Gerardo Rozín?
-Gerardo era un productor maravilloso y un conductor con toda la experiencia. Si uno quería aprender y estaba atento, ahí tenías todo para hacerlo. Ya se trataba de un programa, como lo es La Peña hoy, que transmite simpleza, sencillez, familiaridad, pero con toda una complejidad detrás, a la que se enfrenta toda la gente que trabaja ahí. Es un equipo enorme con el que por suerte me reencontré después de estos diez años y que hace que todo funcione. Bueno, eso lo aprendí a ver de la mano de Gerardo: él estaba en todo, desde lo que se ponía arriba de la mesa para tomar el té hasta el invitado que iba a llegar, o sea, absolutamente en todo.
–La Peña representa el típico domingo familiar argentino. ¿Cómo eran los domingos en tu casa hasta que retomaste con el programa?
-Programa al margen, un domingo en la casa de Cari suele ser aburrido (risas). Yo soy más de las reuniones nocturnas. Me gusta hacer asados, que venga gente, pero más viernes o sábados a la noche. Los domingo al mediodía casi ni almuerzo. A veces mi mamá organiza algo y tratamos de juntarnos, pero no es algo fijo. Ella tal vez manda: «Chicos, ¿quieren venir a casa y almorzamos y nos juntamos todos el domingo?». Somos cuatro hermanos y bueno, y si podemos tratamos de estar, pero no como una condición de todos los domingos del año. Menos ahora con La Peña, ¿no?
-¿Vos disfrutás de cocinar?
-Me encanta cocinar. Ahora que vivo sola cambió un poco porque antes cocinaba mucho para Manuel, mi hijo. Hoy resuelvo más para el día a día… Pero viene el invierno y amo hacer guiso de lentejas, por ejemplo. El problema es que nadie hace un guiso de lentejas para una sola persona (risas). Entonces preparo una olla gigante y reparto tuppers. Pero sí, lo disfruto. Hay veces que me levanto y digo: «¡Ay, qué ganas de cocinar que tengo!». Y claro, no tengo a quien hacerle de comer y me da fiaca. Pero entonces pienso: «Le voy a hacer a Manuel esto que le gusta». Ahí le cocino y se lo doy a él cuando viene a casa.

El fuerte vínculo con su hijo Manuel
Fruto de su relación con Pablo Arce, Carina Zampini se convirtió en madre de Manuel, su único hijo, en 2001. Aunque la pareja se separó tiempo después, ambos mantuvieron un vínculo cercano enfocado en la crianza compartida. La conductora siempre eligió preservar la intimidad de su familia, aunque hoy él sigue sus pasos en los medios y en ocasiones comparte en las redes sociales fotos y emotivos mensajes dedicados al joven. Compinches, compañeros de ruta y profundamente unidos, madre e hijo desarrollaron una relación basada en la confianza absoluta, las conversaciones sinceras y el respeto mutuo.
-¿Cómo es tu vínculo con tu hijo ahora que es adulto?
-Creo que es lo más hermoso que tengo en la vida. Calculo que cualquier mamá o papá dirá más o menos lo mismo que te voy a decir, pero tenemos una relación tan bonita que me emociona. Estuvimos bastante solos a partir de los 11 años de Manu. Entonces, nos convertimos como en un equipo. Debíamos sacar la vida adelante. Yo en ese momento hacía ficción, estaba muchas horas afuera de casa, y después empecé a conducir, así que se fue acostumbrando a esa rutina. Tenemos una relación con todos los condimentos y todos los matices.

-¿Son más amigos que madre e hijo o hay un equilibrio en los límites?
-Nunca dejé de ser su mamá, en el sentido de que soy la educadora y la responsable del vínculo. Entiendo que los padres somos los responsables del vínculo que generamos con nuestros hijos. Nunca dejé de poner límites, nunca dejé de decir lo que me parecía que estaba mal o bien, y también estuve presente para ayudar, resolver, acompañar el crecimiento. Con los años, cuando él fue creciendo, empezamos a generar este vínculo de compañeros de ruta pero de una manera que me gusta a mí: profunda y liviana.
-¿Sufriste su mudanza?
-Es que seguimos compartiendo mucho. Manu vive a cuatro o cinco cuadras de mi casa, y aunque podamos pasarnos un mes sin vernos, somos re compañeros, reprofundos, recomprometidos en el vínculo, no nos jodemos, no nos molestamos. Está todo bien, pero cuando yo digo: «Che, Manu, vení», Manuel está ahí al segundo.
-Cuando vivían juntos se contaban sobre sus citas, ¿eso sigue pasando?
-Sí, cuando vivíamos juntos y él traía a alguien a casa, yo he ido a dormir a lo de mi mamá. O me tiraba en un colchón inflable del departamento donde vivo ahora, porque no tenía un mueble. Incluso me he ido a lo de algún novio que tuve en algún momento. O le pedí yo a Manu alguna vez que necesitaba estar sola, porque cuando vos crías a alguien y estás los 360 días del año, puede pasar, ¿no? Hemos hablado mucho de todo y hoy en día lo seguimos haciendo.

-Mantienen esa confianza.
-Lo respeto en todos los sentidos. Es una persona emocionalmente muy inteligente. He tenido conversaciones de todo tipo con él, desde deber decidir sobre un trabajo y querer escuchar su mirada hasta pasar por una situación de pareja y preguntarle: «Manu, me está pasando estoc y me siento así. ¿Cómo lo ves vos?».
Qué lugar ocupa hoy el amor en la vida de Carina Zampini
A lo largo de los años Zampini mantuvo un perfil muy reservado respecto a su vida sentimental. Siempre eligió preservar sus relaciones lejos del ruido mediático. Aunque mantuvo vínculos conocidos y romances que despertaron rumores en el ambiente artístico, la actriz nunca hizo de su intimidad un tema central de exposición pública. Con una imagen asociada a la discreción, la estabilidad y el bajo perfil, suele mostrarse cauta al hablar del tema, pero no lo evita, ya que tiene muy clara su postura.
-¿Qué lugar ocupa el amor hoy en tu vida? ¿Es algo que estás buscando?
-La verdad es que la vida amorosa, una relación de pareja, es algo a lo que siempre estoy abierta. Porque cuando uno se encuentra con un otro que lo complementa, lo acompaña, comparte cosas con vos, te retroalimenta, siempre suma, es para bien. Pero bueno, tiene que aparecer esa persona y no parece estar siendo mi caso (risas). No estoy negada, pero también es cierto que tengo 50 años y soy una persona muy acostumbrada a la soledad. Es decir, a la soledad de resolver, de gestionar, de tomar decisiones, de estar bien conmigo misma. Entonces, no siento que necesito encontrar una pareja.

-Claro, no sufrís la soledad.
-Para nada. Con el pasar de los años cada vez la sufro menos. No me genera un problema, al contrario, la elijo. A lo mejor el día de mañana me enamoro de alguien, pero la verdad es que a esta altura de mi vida no me imagino conviviendo con otra persona. Hay espacios que necesito en mi diaria, como levantarme y que no haya nadie, el silencio en las mañanas. No sé si puedo renunciar a eso (risas).
-Las formas de relacionarse han cambiado. Por ejemplo, ¿te animarías a bajarte una app de citas?
-¡Ni loca! No lo hice a los 35, tampoco lo voy a hacer ahora. He sido muy cuidadosa -quizá por demás-, pero me ha resultado bien. Con el tema del trabajo, la exposición. Porque uno tiene que saber qué hace con lo que genera y no ser inocente. Como te digo, he sido muy cuidadosa conmigo, pero mucho más teniendo en cuenta otras personas como a mi hijo. Fui mamá desde muy joven, a los 22 años, y hay un montón de decisiones en relación al trabajo que he tomado, dentro de mis posibilidades, a partir de la exposición de ser mamá.
-Entiendo. Es una elección.
-Sí, porque ya de por sí hay algo que le estás heredando al otro que el otro no está eligiendo. Y es que haya una parte de su vida que sea conocida, aunque vos no lo expongas, eso sucede. Algún día te encuentran en algún lado, algún día te sacan una foto entrando a un estreno, alguna vez algo pasa, aunque vos lo quieras cuidar, eso ya es algo que no puedes evitar. Todo lo otro es evitable. Bueno, todo eso que yo pude evitar, lo hice. Entonces, creo como que con el tema de la exposición he sido muy cuidadosa.
-En este último tiempo se instaló un shipeo con el actor y conductor Diego Castro. ¿Qué tan real es este vínculo o cuánta ficción tiene? ¿Hay algo para blanquear?
-No, no hay nada por blanquear (risas). Me han hecho tantos shipeos en mi vida… Soy la chica del shipeo. Ya he tenido shipeos con todo el mundo. Entiendo que es parte de la moda actual y hasta me resulta divertido. ¡Me divierte todo lo que no sea negativo para mí ni para algún otro! Es parte del show, lo vivo así y no me molesta.

De su vigencia en pantalla al posible regreso de Dulce amor
-Con un nombre como el tuyo ya consagrado en el mundo de las telenovelas, ¿cómo lográs reinventarte y mantenerte vigente?
-Tengo unas seguidores (les llamo así porque a mí la palabra «fanático» me cuesta un poco) que son únicas. Incluso en Luzu, lugar donde también trabajo, la gente me dice: «Karina, esto no pasa nunca». Claro, porque si bien soy una persona de perfil bajo, ellas me siguen siempre. Cada vez que aparezco en un proyecto diferente, me van a saludar, me hacen llegar un ramo de flores. Ellas son las que me mantienen vigentes, creo yo.
-¿Han seguido cada uno de tus pasos?
-Totalmente y desde hace años. Cuando hacía Morfi, por ejemplo, venían y eran un montón, 200 ó 300 personas. Compraban talonarios con números y los distribuían para que se respete el orden de llegada y no hubiese problemas. Así año tras año. Entonces yo me hacía el tiempo para sacarme una foto con cada una, me saluden, me den el regalo que me habían traído, agradecerles. Hasta que en un momento les dije: «Chicas, no quiero que gasten plata ni que lo hagan sus papás. ¿Y si en vez de traerme regalos a mí, juntamos alimentos no perecederos y los donamos a algún lugar«, y así lo hicimos.
-¿Qué tanto extrañás hacer ficción cuando no estás en algún proyecto del estilo?
-Cada vez que tengo algún contacto con la actuación pienso: «¡Ay, qué ganas de hacer esto!». Es parte de lo que amo hacer y lo será toda la vida, porque yo empecé a actuar a los nueve años. Justo ahora estoy por iniciar algo en relación a la ficción y me pone muy contenta. De la misma manera que disfruto muchísimo conducir: descubrí que hay algo muy lindo de ser uno con el público, y va más allá del personaje que interpretás como actriz. Algo que a veces me permite comunicar algo que quiero decir fuera de un guion o un rol.

-Hablando de esa vigencia y reinvención, ¿cómo te llevás con las redes sociales?
-Soy una señora grande, no me sale, no tengo esa facilidad, no lo puedo incorporar, me cuesta (risas). En especial porque es una decisión mía no andar contando qué es lo que hago todos los días y porque trabajo para estar conectada con el presente. Si estoy hablando acá con vos ahora, sólo estoy hablando con vos ahora. Dejo de pensar en otras cosas. Eso me pasa cuando me junto con mis amigas a tomar una cerveza, un mate. Tener como una ventana abierta pensando la estrategia de venta de tu vida, es algo que a mí no me gusta.
-¿No?
-Siento que me desenfoca de lo importante. No me llevo con eso. Sí, es cierto que hoy no necesitás esperar a que alguien venga a hacerte una entrevista, ya que tenés la posibilidad de transmitir o compartir un concepto o una idea a través de tus redes sociales, pero no existía cuando yo arranqué hace treinta años y no tengo esa costumbre.
-El año pasado hubo rumores de que volvía Dulce amor, ¿es algo que puede suceder?
-A ver… Creo que puede suceder, me encantaría, pero si pasa mucho tiempo ya va a ser difícil: una cosa es hacer la segunda parte de una historia que sucedió hace diez, doce años, retomando una historia, y otra cosa dos décadas después. No hablo de los que participamos en Dulce amor, porque a nosotros en cualquier momento nos llaman «Che, se viene la vuelta» y ahí vamos a estar como soldados porque fuimos felices haciéndolo. Pero desarrollar el cuento veinte años después ya va a ser más complicado.
Fotos y video: Candela Petech
Arte de tapa y retoque: Roshi Solano
Estilismo: Georgina Duarte
Maquillaje: Christian Tapia Herrera
Agradecemos a Telefe y a Julieta Abusier
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